(De mi participación en el libro “Levantando Vuelo)*
La isla del tesoro no era otra cosa que un promontorio barroso, que emergía de un un terreno bajo, inundado la mayor parte del año. Nuestra isla de fantasía tenía un par de paraísos retorcidos a falta de palmeras. Allí concurríamos diariamente a jugar con Isabel. Nos calzábamos las botas de goma y con los bártulos al hombro chapoteábamos intrépidas nuestro mar del Caribe. Las bolsas contenían juguetes y trapos para extender sobre la tierra húmeda para no ensuciarnos.
Representábamos casi siempre el mismo esquema: una hacía de princesa y la otra de esclava, las disputas por el primer rol eran frecuentes, pero en cuanto entrábamos en la dimensión del juego todo era fantástico y real.
La tarea de la esclava era adornar a la princesa y satisfacer sus caprichos. En nuestro cofre del tesoro teníamos pañuelos de seda, joyas de fantasía recicladas de nuestras madres y, entre otras cosas, un bonito anillo de filigrana con una gran piedra ovalada azul, que era de la madre de Isabel. Mi amiga me contó no sé qué bolazo sobre el origen de ese anillo “de oro con un zafiro azul” que habría pertenecido a una condesa húngara degollada por su amante.
Dejamos de ir a la isla el día en que jugando a “el rey y la reina”, un hombre del vecindario nos pescó besándonos en la boca, imitando a lo aprendido en el cine. La vergüenza ante su risa burlona fue el principio del fin de los juegos para pasar a otra etapa de la niñez.
En cuanto al anillito de la piedra azul, que en un reparto fraudulento quedó en mi poder, me lo robó un desconocido a quien le conté la historia de la condesa degollada mientras, sentados al borde de una zanja, observábamos un campamento de gitanos que había llegado al pueblo
*Textos de Escritores Pinamarenses.
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