“Él acababa de convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está enteramente agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento, cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitada de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad” (Macedonio Fernandez)
.
A falta de pareja, hijos o mascota para cuidar, él proyecta su necesidad de amor a una planta, al ciruelo Bonsái que cultiva en una pequeña maceta. Si amanece lindo la expone al sol; si llueve suave, también.
Tanta dedicación es premiada; un día amanece cubierta de flores blancas. Emocionado las revisa a diario, si falta una se entristece, pero la ilusión de un posible fruto lo consuela.
Cuando menos lo esperaba, ¡qué disgusto!, se cayeron todas las flores, qué habrá pasado, se pregunta consternado. Con una lupa examina las hojas, el tallo se ve vigoroso y las hojas sanas; lo invade un sentimiento de culpa: no tendrá frutos, la regó demasiado, le faltó agua, enferma no parece, dubita triste.
A los pocos días sucede el milagro, descubre una ciruela del tamaño de un grano de pimienta. La novedad lo obliga a reforzar la dedicación y cuidado de la planta, le habla como a una persona (dicen que es bueno) y le lee cuentos antes de ir a la cama. En el balcón, la rota al sol con frecuencia para que madure parejo, si hay viento la protege con un biombo.
La ciruelita creció al tamaño de una guinda y está a punto de colorear. Pero la vida para él es un corolario de desgracias, el fruto de tanta abnegación se desprende y cae ante su perpleja mirada. El dolor es grande, llora sin consuelo, llora como un niño, con lágrimas de soltero, viejo y maricón.
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