La casa era una antigua residencia de campo, calefaccionada con leña procedente de la hectárea de monte que poseían en el fondo de la propiedad. Esa tarde, como todos los días María salió con la bolsa de arpillera y un hacha diminuta a trozar ramitas secas para encender el fuego.
Estaba en esa tarea cuando sintió la tierra temblar a sus pies, hubiera pensado en un terremoto si al mismo tiempo el crujido de la madera seca al desgarrarse no la obligara a mirar hacia atrás y arriba: un sauce gigante, centenario, agotada su vida, se estaba por desplomar, corrió para evitar ser aplastada.
En ese mismo instante el marido entraba por la tranquera, distante unos cien metros. Al escuchar el estruendo vio las dos situaciones: el enorme árbol cayendo detrás de la casa y a su mujer salir corriendo del monte con el hacha en la mano. Impresionado le gritó: ¡qué hiciste, bestia, qué hiciste!…