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    La terrible historia del pueblo de aguas duras

    Junio 8, 2009 // No Comments »

      En ese pueblo marítimo el agua era tan dura que si se tapaba el pico de la pava  compraban  una nueva. Las sales calcáreas se depositaban en todos los lugares de  circulación: cañerías, metales, demás enseres, y también en el organismo de los trescientos habitantes estables.     

    Pasaron años hasta advertir al azar, en  radiografías tomadas por algún traumatismo, el proceso de calcificación  iniciado en la infancia,   impensable a esa edad.  No se le dió más importancia entonces que a otras rarezas de la medicina.

    Al llegar a los treinta años, los habitantes comenzaron a padecer una rigidez precoz,   un obstáculo serio para trabajar o hacer deportes. La actividad social del pueblo se redujo a tediosas jornadas de juegos de mesa y chimentos gastados de tanta repetición, pero el tema principal de conversación era el malestar físico compartido hasta con los animales domésticos,  ya cojeaban a poco  de nacer.

    Sospechando una epidemia por algún virus no identificado, entre otros  estudios, se envió una muestra de agua  a un importante laboratorio de La Plata. Los resultados lo confirmaron:  todos padecían el mismo mal y el pronóstico era fatal sin un tratamiento a tiempo.

    El diagnóstico de La Fundación Cardiológica fue dramático y concluyente: la culpa era  del  agua.  Una vez calcificadas las arterias carótidas se bloquearía definitivamente la circulación de la sangre, momificándose luego el cadáver.

    Muchos escaparon intentando salvarse, pero el proceso una vez iniciado crecía por dentro sin importar cuán lejos estuvieran del pueblo.

    Los que se quedaron desafiando el destino,  trabajaban con dificultad,  como  podían,  el sueño de todos era conseguir una jubilación anticipada por invalidez,   esperanzados en que la medicina descubriera a tiempo la droga salvadora.

    Otros probaron métodos alternativos con curanderos y chantas oportunistas, con la amargura de ser estafados. Los más,  esperaban mansamente sin saber qué, ayudando a los que padecían  la etapa terminal.

    Cuando murió Batata, el perro abandonado por  un inglés que pasó como un fantasma por el pueblo, los chicos,  apenados, no lo quisieron enterrar. El cadáver  seco y duro como la piedra,  parecía una estatua. -No huele a muerto, que se quede en el parque-dijeron.  Un albañil solidario  hizo un pedestal,  le hundió las patas en el cemento fresco y allí quedó paradito para siempre, oteando el horizonte.

     Más de uno pensó en su propia muerte. Los que no querían ser enterrados por temor al  olvido, eligieron esa  condicion de estatua  y resistir post-mortem en un pedestal al lado de Batata y esperar. ¿Acaso no hubo quienes se hicieron congelar para el mismo fin?

    La idea prendió rápidamente. Una vez de acuerdo  llamaron a un escribano de otro pueblo.  Trabajó todo el día autenticando y no quiso aceptar ni un café.

    De ese modo surgió el parque de estatuas, las primeras se veían grotescas,   no se sabía que antes de entrar en  “rigor mortis” , era posible  modelar el cadáver para mejorar  la postura.

    Así cada uno  eligió la suya en vida:  la maestra quería estar sentada tras el escritorio para ocultar las várices, el pescador con la caña,  el cazador con la escopeta,  las mujeres   pedían  retoques;  la  gordita, lijar la cintura, otra, las arrugas de la cara. El intendente quería estar de pie con una mano alzada haciendo la ve de la victoria. El cura se abstuvo porque le pareció una aberración.

    Creyeron solucionado el problema desviando agua de un poblado cercano, pero la maldición  seguía vigente para los que estaban contaminados. 

    No pudieron vender para mudarse,  nadie quería comprar una casa donde sus habitantes estaban condenados a morir precozmente. Ni los parientes las querían heredar , se derrumbaron por la acción del tiempo cubiertas de hiedras. En el lugar solo crecían plantas y estatuas.

    Al morir el último de los habitantes, el gobernador hizo cercar el predio y lo convirtió en parque temático cobrando entrada.  Los lugareños no se acercaban por un temoroso  respeto  a los difuntos, criticando duramente al mandatario.

    Los visitantes, todos extranjeros, se sacaban fotos alegremente  abrazados a las estatuas. Al salir  podían comprar una réplica de la favorita, una miniatura en yeso y la historia del pueblo hermosamente encuadernada.

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    ZOOLATRA (*) (cuento)

    Febrero 1, 2009 // No Comments »

     Primero eran un perro y un gato. Después fueron el perro y tres gatos. Al tiempo eran el mismo perro y diez gatos más.

      -¡Estás loca!-le dijo la hermana cuando vino a visitarla tras una ausencia de varios años.

      Además del perro y los gatos de “adentro”, había una cantidad de externos, difícil de calcular, que venían a almorzar diariamente.

      Alguien se tiene que ocupar de estos pobres animalitos y de tantos otros que andan por el mundo y nadie quiere-después de alimentarlos, se justificaba la hermana, y colocaba un platito extra de alimento finamente desmenuzado junto a la puerta que daba al patio.

      -¿Y eso para quién es?

      -Es para los invitados especiales-dijo misteriosamente sin agregar detalles.

      Y esa noche los vio.

      La casa era muy chica, y en el único dormitorio, una sola cama desvencijada. Allí dormía su hermana con el primer perro y algunos gatos de “adentro”, todos estirados a sus pies, sobre la misma manta. 

      Ella se tuvo que acomodar como pudo en el piso de la cocina, sobre un colchón improvisado.

     Le costó conciliar el sueño. Se despertó varias veces por quejidos de animales peleando en el jardín y ruido de corridas de gatos sobre el tejado.

      Cerca de la medianoche vio entrar a los “invitados especiales” deslizándose por debajo de la puerta cerrada que daba al patio: eran una, dos, …cinco…diez…Se hartó de contar sombras negras…todas amontonándose, rodeando y cubriendo el platito hasta que perdió la blancura.

      Una súbita sensación de asco la estremeció y no pudo seguir mirando.

      Antes del amanecer, tan silenciosamente como llegaron se habían ido.El platito estaba vacío.

      Solo el rastro viscoso y brillante en el umbral delató el paso de las babosas.

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    (*) Dícese de quien ama exageradamente a los animales

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    Septiembre 29, 2008 // Comentarios desactivados

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