Salvados de una red de tratas se reencuentran en otra red, años más tarde.
Tu cara, una más en la galería de fotos de la red social, se deslizó indiferente. No conozco a todos los amigos de mis amigos, pero esta foto…un alerta interno me detiene, vuelvo con el cursor para una segunda mirada, si , sin duda sos vos, Pablo. El mechón blanco, ¿ canas o teñido? , pero los ojos miel, la sonrisa ancha, es la misma de tus dieciocho; andarás por los cincuenta como yo. Sigo asombrada, después de tanto tiempo encontrarte aquí, en una página de internet, se me cruzan imágenes del pasado, el momento peligroso que compartimos, una trampa a nuestra ingenuidad de entonces.
Busco más pistas, éste es Pedro, sí, sin duda es él, está mayor, debe ser una foto actual. Pedro y Pablo, ¿los apóstoles? Dije para cortar la formalidad cuando nos presentamos en el hotel hace tantos años, tal vez treinta.
Indago otra información, no hay, está bloqueada, voy a mandar un mensaje, algún amigo va a contestar. Lo importante es que están, entonces no viajaron, ¿y los otros chicos, qué habrá sido de ellos?
Buenos Aires, Capital, Leticia, dieciocho años, pelo castaño dorado, largo hasta la cintura, ropa sencilla a la moda de los sesenta, sentada a la mesa de un café en Retiro repasa los avisos del Herald, selecciona y marca:”Gran oportunidad para jóvenes ambiciosos dispuestos a viajar y ganar en dólares. Imprescindible buena presencia y conocimiento de inglés”. Esto es para mí-decide.
Sale a la calle decidida a independizarse de los padres, vivir una experiencia soñada.
La entrevista es en el Royal Palace de la calle Reconquista, un hotel envejecido por falta de mantenimiento, de nombre tan pomposo como su pasado. En la recepción, un grupo de chicas y muchachos charlan animosamente. Leticia los evalúa con ojo crítico. Va a ser dura la competencia, hay chicas muy monas, buena ropa, algunas acompañadas por sus madres. Para evitar la comparación las evita y pregunta a dos jóvenes que están por retirarse: ¿vinieron por el aviso, tienen idea de qué se trata? No, sabemos lo mismo que vos, hay que entregar el curriculum a esa señora del escritorio y mañana nos llaman. Ahora nos vamos a tomar un café al lado, ¿querés?…No sé…en todo caso mañana, si somos seleccionados, ojalá nos elijan, sí…mañana, ¿Cómo se llaman ustedes?,Pedro y Pablo, ¿no serán los apóstoles? Silencio. No fue gracioso.
Pablo qué lindo sos con ese flequillo despeinado, me gusta tu sonrisa, tus ojos de caramelo, me gustaría besarlos. Ay Diosito, que mañana nos llamen, te quiero volver a ver ¿y si no?…qué tonta, no pedí tu teléfono, te hubiera dado el mío…por qué seré tan quedada.
En casa de Leticia preparan la cena. El padre lee el diario, la hermanita menor juega con un muñeco topo Gigio en el piso y cada tanto explota de risa con “Los tres chiflados” en la tele.
-Papá, mamá… quiero que sepan, me presenté en un trabajo, si me llaman anoten todo, les di nuestro teléfono- anuncia a modo de saludo.
-¿Qué trabajo es? El padre cierra el diario para hablar con la hija. Leticia piensa y decide no dar toda la información todavía
- No sé papi, es una empresa norteamericana, el sueldo va a ser en dólares.
-¿Qué requisitos piden, te explicaron?
-Buena presencia…inglés.
-¿Nada más?
-Todavía no me tomaron, lo sabré después si soy seleccionada, lo importante es que nos van a pagar en dólares. (Deliberádamente oculta lo del viaje al exterior, para discutirlo habrá tiempo)
Viernes, cerca del mediodía, suena el teléfono, Leticia corre a atender. Sí, Leticia Bonelli ¿fui seleccionada? ¡Qué alegría!, mañana a las nueve estoy allí.
Emociones cruzadas, miedo y alegría. Repasa mentalmente la ropa elegida y ensaya el discurso de presentación, no debe parecer tímida ni demasiado audaz.
En el hotel, la sala de recepción parece más grande hoy, solo se presentaron los seleccionados. En el escritorio, la mujer que los recibió antes, a su lado, un hombre, ambos entrevistan a una de las elegidas. Leticia hace un paneo a las pocas chicas que aprobaron. Más lejos están Pedro y Pablo esperando su turno, va directo hacia ellos. Desde donde están no se escucha la entrevista.
-¿No les parece raro que no hayan citado a ninguna de las pitucas del otro día, las que vinieron con la madre? Pedro se encoge de hombros y lo mira a Pablo- no las querrán por eso, tendrán muchas pretensiones, o fallaron con el idioma. ¿Y vos Leti, cómo andás, estás preparada?- I`m fine, ¿and you? -se ríe para ocultar la ansiedad.
Se encontraron en el café después de la entrevista, tal lo acordado. ¿A vos qué te preguntaron, Leticia? No mucho, más bien querían saber mi grado de madurez, si tenía libertad para manejarme sola, les dije que sí, que a mi familia le gusta que sea independiente. Les pregunté sobre la editorial, cómo se venderán las revistas, para qué el inglés, dónde viviremos y todo eso. Me dieron una explicación confusa, sólo quedó claro qué nos iban a pagar el alojamiento. No pregunté más, se darían cuenta que no entendí nada.
-Sí a nosotros igual, lo único que querían era confirmar si teníamos algún impedimento para viajar al exterior. ¿Te dieron el contrato?
- Sí, en inglés, me pidieron la firma de mi viejo.
-A nosotros también, sabemos que se trata de un trabajo de promoción de una nueva editorial, primero una parada en Uruguay y de allí al Caribe, cuántos países no sé, muchos. Mañana temprano debemos devolver el contrato firmado, padres no tenemos, mi abuela puede firmar y a él una tía, está bien, dijeron. Con Pedro nos conocemos del instituto donde vivíamos. Bueno, lo importante es que vamos juntos y el domingo, eso es pasado mañana ¿no? viajamos en un avión privado que sale de Ezeiza. Nos pidieron el documento para el pasaje. ¿Vos se lo diste? Lleven poca ropa-nos dijeron- con lo que van a ganar se compran todo nuevo. Viste, quedamos solo seis, cuatro chicas y nosotros los únicos varones ¿tus viejos te dejan viajar?
Cómo le digo a mi viejo lo del viaje. Pablo no tiene problemas, él es varón y mayor que yo, para los varones es más fácil, si no me dejan me muero, lo voy a convencer a papi cuando le muestre el contrato, a él le gusta la formalidad. Ay Pablo…mañana estaremos juntos mirando nubes por la ventanilla del avión, nunca volé, comenzaremos juntos esta aventura…¿y el curso para vender las revistas?, de éso no se habló más.
Sentada en la cocina Leticia llora, no me podés hacer esto papá, me estás cortando las alas, es mi futuro, no me digas que no vas a firmar porque está en inglés, te lo traduzco yo, aquí dice que voy a trabajar en la promoción de revistas, me van a pagar en dólares, es una editorial nueva, por eso no se conoce. El señor y la señora de la entrevista van a viajar con nosotros, nos van a cuidar, necesitan tu autorización para ser mis tutores. ¡No, no me podés hacer eso papá!, les dije que estaba preparada para tomar mis propias decisiones, así me enseñaste siempre, ahora me decís que no me dejás, ¡Es tarde!, les di la cédula para el pasaje, claro que lo pagan ellos, ¿cómo a dónde?, te dije, primero a Uruguay y después al Caribe. Qué se yo la dirección de Montevideo, no pregunté.
Leticia no para de llorar y el padre cada vez más firme: mañana vamos juntos a recuperar tu documento. Qué cabeza la tuya, por qué no pensás un poquito, una empresa seria no hace la última selección un día sábado para viajar al día siguiente que es feriado y con un contrato en inglés. Cómo lo investigás, las oficinas públicas están cerradas, no voy a regalar a mi hija a unos desconocidos firmando un papel que no entiendo.
Domingo por la mañana tempranísimo, padre e hija llegan juntos al hotel, preguntan en la recepción, de allí los mandan al segundo piso, se detienen ante la puerta, el padre se queda detrás de una columna escuchando.
El hombre y la mujer, los dos en bata de dormitorio, se asoman, qué raro , piensa Leticia, ayer se trataban de usted y hoy duermen juntos.
-¿Qué hacés aquí tan temprano, no te dije a las diez, cómo que no te dejan viajar, no dijiste que sos independiente?- rugió el hombre. Tomá tu cédula y desaparecé, igual, tan maricona no nos ibas a servir. Y le cierra la puerta en la cara.
El padre y la hija salen del hotel en silencio.
Tenía razón papá, quiénes son estos tipos, nos mintieron, ¿qué planes tenían para nosotros? Ahora me doy cuenta, nos seleccionaron por contar que nos bastamos solos, será por eso que a las pitucas no, fueron acompañadas por las madres. Nosotras, indefensas, unas pobretonas inocentes sin chance, y los chicos…tal vez por huerfanos, se educaron en un instituto de menores. Si pudiera advertirles…vendrán en un rato con el equipaje sin saber lo que descubrimos.
Caminan ensimismados un par de cuadras hasta que el padre se detiene: esperame en el barcito, le dice con la voz todavía temblorosa de rabia, tomate un café con leche, tengo algo que hacer aquí a la vuelta, después nos vamos a casa.
Pasaron los años, había olvidado el suceso, era joven, sobraban proyectos, me casé, divorcié, tuve hijos, pronto seré abuela, mis padres murieron demasiado jóvenes, los llevó la misma enfermedad, fue la etapa más triste que me tocó vivir.
Ahora trabajo en una agencia de seguros. Los fines de semana salgo con amigos o me entretengo con la computadora recién comprada, chateo, comparto fotos y noticias en la red social. Desde que los encontré en Internet, algo impensable hace una década, me vuelan las horas.
En pocos días, un contacto me da la dirección de la peluquería donde Pedro y Pablo son socios.
Me siento en el salón como una cliente más. Ellos no me reconocen, los observo en sus movimientos, atenta a las conversaciones…¡son gays!, cómo no me dí cuenta, claro, en esa época…
Me dejo peinar por Pablo, no pesca ninguna de las señales, entonces voy directo: ¿Te acordás de mí, del viaje al Caribe, cómo les fue? Se queda duro con el cepillo en la mano, me mira fijo por el espejo. Ah sí… ahora me acuerdo, sos Leticia, ¿cómo, no te enteraste? cuando llegamos al hotel estaba rodeado de patrulleros, ¿vos dónde estabas?, eran traficantes de personas los hijos de puta. El Padre de una de las chicas desconfió y los denunció en la comisaría a la vuelta del hotel. Los pescaron “in fraganti” con toda nuestra documentación ¿vos cómo zafaste? Claro que no viajamos, ninguno viajó, nos citaron a declarar.
Soy el caballo de tiro de un cartonero. Mi dueño no sabe que antes fui como él, (un cartonero).
Sentado en el carro, en busca de cualquier cosa para matar el hambre, levantaba de la calle lo que la gente tira, lo reciclable se paga bien. Mi caballo ( robado a otro infeliz en pago de una deuda) solo servía para tirar del carro.
No me avergüenza decir que más de una vez rescaté algo bueno para comer.
Un día, separando cascotes, encontré alfajores entre los escombros de un derrumbe, milagrosamente enteros, en cajas bien preservadas por el envase plástico y varias docenas de cubiertos finos que vendí muy bien.
El matungo avanzaba resollando, pero siempre había algo más para levantar. Con tanto peso, el socio, retobado, no quería avanzar. Unos buenos latigazos y retomaba el brío. Eso servía, claro que servía, ¿acaso hay otra manera de tratar a un caballo si no obedece?
Se murió en la calle, la gente gritaba: ¡asesino, dale de comer!, de todo me decían… escapé de milagro de ser linchado. No recuerdo ni como llegué a la villa, me mandé dos cartones de vino y caí desmayado.
Cuando desperté estaba atado al poste, me morí y resucité en caballo, pensé.
¿Será mi turno tirar del carro, y recibir los azotes?, ¿qué hice para merecer esto?
Soy un caballo ahora, cómo te explico a vos, mi dueño, que el carro es pesado, las correas me lastiman, duele, tengo calor, no me alcanza la cola para espantar las moscas, tengo sed y no hay agua. Antes, cuando era como vos no lo sabía, o no me importaba.
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Después de entregar los bultos más grandes, a cambio de unos pesos, volvemos a la villa al amanecer.
Mi dueño vive en un rancho de cartón y chapa, pero en el piso tiene alfombras del hotel de acá, cerca de Retiro. Al llegar descarga y guarda lo que no vendió para revisar mañana; me deja con el carro vacío atado al poste de luz y se tira a la catrera reventado. Su vida es triste, como antes la mía, no tiene esperanza, lo sé. Lo peor es que no se da cuenta. Todavía…
Mientras él duerme, desayunado con vino barato, yo, su socio cuadrúpedo sin sueldo, me quedo a la intemperie ( duelen los rayos de sol al mediodía sobre las llagas ) trato de olvidar masticando algunos yuyos secos, lejos del tacho de agua que los pendejos siempre se olvidan de recargar.
Ahora me toca a mí, ¿moriré también en la calle?
Él duerme…no tiene la menor idea.
“Él acababa de convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está enteramente agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento, cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitada de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad” (Macedonio Fernandez)
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A falta de pareja, hijos o mascota para cuidar, él proyecta su necesidad de amor a una planta, al ciruelo Bonsái que cultiva en una pequeña maceta. Si amanece lindo la expone al sol; si llueve suave, también.
Tanta dedicación es premiada; un día amanece cubierta de flores blancas. Emocionado las revisa a diario, si falta una se entristece, pero la ilusión de un posible fruto lo consuela.
Cuando menos lo esperaba, ¡qué disgusto!, se cayeron todas las flores, qué habrá pasado, se pregunta consternado. Con una lupa examina las hojas, el tallo se ve vigoroso y las hojas sanas; lo invade un sentimiento de culpa: no tendrá frutos, la regó demasiado, le faltó agua, enferma no parece, dubita triste.
A los pocos días sucede el milagro, descubre una ciruela del tamaño de un grano de pimienta. La novedad lo obliga a reforzar la dedicación y cuidado de la planta, le habla como a una persona (dicen que es bueno) y le lee cuentos antes de ir a la cama. En el balcón, la rota al sol con frecuencia para que madure parejo, si hay viento la protege con un biombo.
La ciruelita creció al tamaño de una guinda y está a punto de colorear. Pero la vida para él es un corolario de desgracias, el fruto de tanta abnegación se desprende y cae ante su perpleja mirada. El dolor es grande, llora sin consuelo, llora como un niño, con lágrimas de soltero, viejo y maricón.
(De mi participación en el libro “Levantando Vuelo)*
La isla del tesoro no era otra cosa que un promontorio barroso, que emergía de un un terreno bajo, inundado la mayor parte del año. Nuestra isla de fantasía tenía un par de paraísos retorcidos a falta de palmeras. Allí concurríamos diariamente a jugar con Isabel. Nos calzábamos las botas de goma y con los bártulos al hombro chapoteábamos intrépidas nuestro mar del Caribe. Las bolsas contenían juguetes y trapos para extender sobre la tierra húmeda para no ensuciarnos.
Representábamos casi siempre el mismo esquema: una hacía de princesa y la otra de esclava, las disputas por el primer rol eran frecuentes, pero en cuanto entrábamos en la dimensión del juego todo era fantástico y real.
La tarea de la esclava era adornar a la princesa y satisfacer sus caprichos. En nuestro cofre del tesoro teníamos pañuelos de seda, joyas de fantasía recicladas de nuestras madres y, entre otras cosas, un bonito anillo de filigrana con una gran piedra ovalada azul, que era de la madre de Isabel. Mi amiga me contó no sé qué bolazo sobre el origen de ese anillo “de oro con un zafiro azul” que habría pertenecido a una condesa húngara degollada por su amante.
Dejamos de ir a la isla el día en que jugando a “el rey y la reina”, un hombre del vecindario nos pescó besándonos en la boca, imitando a lo aprendido en el cine. La vergüenza ante su risa burlona fue el principio del fin de los juegos para pasar a otra etapa de la niñez.
En cuanto al anillito de la piedra azul, que en un reparto fraudulento quedó en mi poder, me lo robó un desconocido a quien le conté la historia de la condesa degollada mientras, sentados al borde de una zanja, observábamos un campamento de gitanos que había llegado al pueblo
*Textos de Escritores Pinamarenses.
(Carta publicada en la sección Consultorio Judicial de un periódico local)
Señor Abogado, lo consulto porque necesito la devolución de lo mío, he sido defraudada, engañada en mi buena fe por este señor, a quien no voy a nombrar; él ha jugado conmigo, me estafó para quitarme un emprendimiento común de cuatro años, sorteando todo tipo de dificultades, sinsabores y alegrías, marchas y contramarchas, y en el momento de disfrutar lo construido me dejó sin nada ¿y sabe lo peor? ya no tengo ganas de empezar de nuevo, ni de vivir; no busco venganza ni indemnización material, sólo recuperar lo mío lo más pronto posible ¿qué solución pretendo?, le contesto, quiero que ese cretino me devuelva todo lo que me debe: el amor, los besos, mi parte de los abrazos, la felicidad compartida, la dedicación, el desvelo, alguna que otra lágrima, la admiración, los buenos deseos y el apoyo que siempre le di, y lo más importante, quiero que la devolución sea de la misma calidad y cuantía que recibió y usufructuó sin merecerlo, puede ser en cuotas, le doy facilidades.
Hola Julio, no me conocés, soy un tal Lucas, tengo veinte años y vivo en Banfield, ¿te suena?
Se me ocurrió escribirte porque necesito un consejo ¿cómo te hiciste escritor?
Estoy leyendo EL LIBRO DE MANUEL , yo también soy un exiliado, me fui de mi casa con las bolas infladas por un bardo con mi viejo, cuando abandoné la facu se volvió loco, me cortó EL DIVERTIMENTO, el feisbuc, el tuiter, los amigos de la previa, todo, ¿me entendés?
No quiero estudiar más, reprobé EL EXÁMEN final, no me salió EL MODELO PARA ARMAR; por ese moco que me mandé perdí LOS PREMIOS prometidos: la moto, la llave del auto de los sábados, todo. El viejo me quería matar, mi vieja lloraba, me fui a la mierda.
Estoy en una CASA TOMADA, conviviendo con un BESTIARIO de cuarta. Los pungas se empastillan con Rivo para tener coraje, ¿entendés? El otro día pasaron la gorra para vino y birra, les mostré mis bolsillos secos y la mochila con algo de ropa y tu libro, les dije, loco, no tengo un mango, me fugué de mi casa.
-Si venís a chorear con nosotros te perdonamos la vida- les dije “ni” y me senté en un rincón a leer, abrazado a la mochila.
Los exiliados de tu libro no la pasaban tan mal, aprendieron un idioma sin estudiar, podían leer noticias de La Argentina en francés, y conocieron un país.
Lo de la Calera se acuerdan mis viejos, cuando pasó eso vivían en Córdoba, eran chicos entonces. Esa historia no me interesa demasiado, no sé por qué le dan tanta manija, yo ni había nacido, pasó hace tanto tiempo…
Me gustó la parte donde Heredia relata los encuentros con las inglesas, me hice el bocho con Diana o Jennifer, aquí no hay ninguna mina, solo estos chabones drogadictos; piojosos deben estar, no hago más que rascarme la cabeza.
Me gusta tu libro, quisiera escribir como vos, ¿me entendés? ¿te parece que puedo aprender?
En mi casa deben estar preocupados, espero unos días, cuando se les pase la bronca se van a ablandar, ahí aprovecho para hacer la mía, entre abrazos, lágrimas y perdones les tiro mi plan.
Ya lo tengo decidido, no quiero ser arquitecto, ¡voy a ser escritor!.
Ogu era feliz, reconocido entre los suyos como el mejor y más valiente cazador, quienes lo seguían no eran defraudados. Como todo mandatario elegido tenía sus privilegios, era un macho Alfa en armonía con las distintas tribus y sus líderes, sin más disputas que la posesión de las hembras y reparto de los manjares de caza en orden y cantidad proporcional al grado de aceptación del líder entre sus favoritos.
Un día escarbando la tierra para tapar sus heces, descubrió una semilla germinada. Después de observarla con curiosidad la reconoció de unas frutas que habían comido poco antes. Estudió la evolución en un germinador dentro de una calabaza, día por día. Cuando comprendió que podía duplicar una planta, gritó “Eureka” ,pero con sonidos guturales que significaban lo mismo. Aprendido el mecanismo sembró una parte y guardó el resto en cáscaras de coco y conchas de caracoles. Fue el primer acopiador de granos y semillas con proyecto cooperativo. Había nacido la agricultura, y con ello los problemas del Homo Sapiens.
Mientras vivían de fruta silvestre y carne de caza, se atiborraban en el momento. No había heladera, todo se consumía en el acto. El drama era cuando volvía la hambruna, solían comer carroña o cualquier porquería, migrando de un lugar a otro como los animales.
El descubrimiento del fuego fue un gran progreso, la carne mejoró el sabor y se mantuvo algunos días, siempre bien escondida de los depredadores.
La huerta colectiva estaba a la vista de los codiciosos, para protegerla de alimañas y otras tribus se armaron con palos y piedras. Así nació el primer sistema de seguridad para custodiar los bienes materiales.
Los alimentos saqueados daban poder al líder de las bandas de malhechores, siempre seguidos de una corte de aduladores que descubrieron otra manera de vivir: cosechar sin haber trabajado. Ese día derribaron la valla de la huerta . Ogu y su tribu, sometidos a trabajar para los intrusos, se convirtieron en esclavos. Fue el inicio de las clases sociales.
El hombre prmitivo aprendió que había varias filosofías de vida y pudo optar. Había nacido el capitalismo con su lado oscuro y la ambición desmedida. También el Homo Ladinus, así como lo conocemos hoy.
Realizó la operación bancaria como siempre. Estaba acostumbrada, lo hacía todos los jueves. El cajero le extendió el fajo de billetes, contado y sujeto con la bandita elástica.
Como siempre, de cara a la pared, en un ángulo del mostrador, tras una columna, deslizó el bulto dentro del corpiño por el escote de la camisa. Como siempre, salió con el paso apurado y firme sabiendo que el taxi la esperaba en la calle.
Eran dos pasos hasta el auto estacionado, no llegó ni a tocar la puerta. Un abrazo rudo la sujetó de atrás por el cuello. Sucedió en segundos. La opresión asfixiante, la urgencia de una mano tosca dentro del escote revisando el corpiño del lado izquierdo.
Logrado el objetivo huyó corriendo.
Al soltarla perdió el equilibrio y cayó al piso, desde allí vio a su atacante con el botín en la mano que saltaba sobre la moto del cómplice y desaparecía de contramano en el tránsito.
Lloró todo el camino de regreso, no tenía consuelo, el conductor del taxi fue testigo pero no pudo impedirlo. Señora ¿la llevo a la seccional?, ¿quiere hacer la denuncia?, ¿ahora no? La tenían junada, señora, la vieron cuando guardó el dinero, un cómplice adentro del banco la marcó…no llore señora, ¿la lastimó mucho? Condolido, no quiso cobrar el viaje.
¡Tonta, tonta!, le dijo a la mujer del espejo en el baño. Le dolía la cadera por la caída, se miró la cara, el peinado un revoltijo, a la camisa le faltaban dos botones, estuvo así, desprendida hasta que llegó a su casa, acomodó los hombros torcidos de la prenda, notó la falta de la hombrera del lado izquierdo, seguro la perdió en la vereda durante el forcejeo, deslizó la mano al interior del corpiño, los ojos se le llenaron de lágrimas y como una marioneta histérica se sacudía entre la risa al llanto. Los billetes permanecían donde los había escondido.
No llego ni a la suela de tus zapatos, en realidad, apenas un poco más, lo tengo bien claro, siempre fue así, pero ahora me lo hacés sentir.
Antes, me acariciabas el pelo y halagabas mi oído con palabras dulces, hace tanto, ya ni me acuerdo.
Cuando apareció la negra esa con su hermano, todo cambió, hasta la comida. No me gustan esos bocaditos secos que traés de a bolsas, deben ser de oferta. Sabés que prefiero la carne, pero los mastico igual, de bronca. Si debo ser vegetariana, seré vegetariana para complacerte.
Se instalaron como en su propia casa, el culo siempre en las mejores sillas, la franelera esa sembró tu ropa de pelo y olor a hembra en celo. ¡La odio! …
Antes, eramos tan felices… no necesitabamos a nadie más. Yo me quedaba quieta a tu lado, con mi cabeza en tu regazo, escuchábamos música clásica hasta que me empezó a gustar. Pero lo mejor era la cercanía de tu cuerpo, sentir, respirar tu aroma a tabaco, con eso bastaba, aunque no me tocaras. En el mundo no había otra cosa, vos y yo, y los juegos que inventabamos.
Vos cambiaste conmigo, el incidente en el dormitorio no era para enojarte tanto y pegarme…yo te avisé, vaya si te avisé, pero vos como ciego y sordo, ¿tengo la culpa si por estar con ellos no atendés mis necesidades? La próxima vez lo haré en la cama y no en la alfombra como anoche, aunque me maltrates después. Soy capaz de todo por llamar tu atención.
Serás mi único amor. ¿Acaso no ligamos nuestras vidas para siempre desde que me castraste por aullar de noche en los tejados?
EL CONSORCIO DE LA BUENA ESTRELLA
Departamento A: propietaria Ala Caramañola
LUCÏA
Nunca estuve de acuerdo con que mamá comprara el departamento en este consorcio, pero ella siempre fue así, cuando se le mete algo en la cabeza va para adelante, nada le hace cambiar el rumbo. La idea salió del grupo de amigos que se reúnen en la biblioteca del club. La mayoría, gente de edad, algunos ya jubilados, comparten una vocación postergada, el amor por las letras. Me gusta ver a mi mamá tan feliz, comentando con entusiasmo cada encuentro. Esas reuniones, se prestan para la amistad, confidencia de preocupaciones comunes: la vejez cercana, la dependencia de los hijos, historias terribles sobre geriátricos. Fantaseaban administrar su vida y economía hasta donde la salud lo permitiera. Admitieron sentirse mejor, más comprendidos entre sus pares que con los jóvenes. Entonces la idea surgió como una broma que luego prendió con fuerza. ¿Y por qué no vivimos todos juntos?-dijo Banfield- compramos una casa lo suficientemente grande para que cada uno tenga su departamento y si armamos una cooperativa no necesitaremos de nadie. ¿Y si publicamos un aviso en internet buscando gente afín?
Encontraron un edificio antiguo de buena construcción que fue alguna vez un hotel de espaciosas habitaciones, con el curioso nombre “La Buena Estrella” grabado en el frente La distribución se adecuaba a sus deseos, el dueño anterior tenía los planos aprobados y con poca construcción podrían convertir cada ambiente en un departamento reducido pero con todos los servicios individuales. El precio era bueno, el hombre se quedó sin dinero para la remodelación y en ese estado era muy difícil vender- aunque algunos especulaban un motivo secreto que se revelaría años después.
De frente es un feo edificio en dos plantas, con una ventana al ras por cada departamento de los que dan a la calle. La entrada es una puerta doble con reja antigua muy trabajada que da a un pasillo a cuyos lados hay dos habitaciones antiguamente destinadas a la administración. En el proyecto serán cuartos de huéspedes y descanso para la asistente. Desde allí se avizora un jardín interior de escaso césped, con una palmera central y cuatro bancos de piedra a su alrededor.
En el salón grande, que alguna vez fuera comedor, está la escalera de mármol para acceder al piso superior. A su lado, la cocina y otras dependencias de servicio. El montacargas que servía para llevar el carro de viandas, ropa blanca o elementos de limpieza al piso alto, funciona y es bastante grande para transportar también una silla de ruedas y una persona, si fuera necesario.
Las habitaciones de la planta alta, en total doce, son ahora departamentos con vista al jardín central desde una galería balcón con baranda de hierro artística. Las puertas-ventanas de cada uno permiten la visualización fácil entre todos, y conversar como si estuvieran en la vereda con la reposera.
Como dije al principio, mi mamá se apuró en comprar por el privilegio de elegir uno de los cuatro que dan a la calle, otros preferían los de una sola abertura sobre el jardín, son más silenciosos y baratos.
Mi mamá no soporta estar en medio del desorden, por eso vine yo en su lugar, pero ya falta poco, cuando terminen los últimos detalles me voy. Lástima, me estoy haciendo amiga de los otros propietarios cuyas historias voy conociendo de a poco. No se vendieron todos los departamentos, algunos se arrepintieron en el momento de firmar el boleto. Dice mi mamá que a los hijos no les pareció una buena inversión para heredar, otros se excusaron diciendo que el reglamento era muy rígido al no permitir alquilarlo en las temporadas de verano. Los que se animaron se están mudando y trabajan activamente en la decoración. La vecina del B es tan graciosa como Banfield contando anécdotas.
A mí me toca hacer de todo en éste edificio, El Sr Banfield me pidió que contestara al correo del consorcio. Acaba de llegar uno dirigido a mi mamá, no sé porqué, ella no tiene nada que ver con la administración, ni podría, es una despelotada que se la pasa escribiendo, siempre dependió de mí.
El mail:
Sra. Caramañola:
De mi consideración:
Estaría en principio interesada en la adquisición de uno de los departamentos. Antes de entrar en conversaciones financieras, quisiera (confidencialmente) saber si se encuentra para la venta el departamento lindero al del señor
Banfield. Asimismo saber si todos los adquirentes están vinculados al quehacer cultural, conocer sus nombres, profesiones etc. Deseo también conocer con anterioridad el reglamento del PH y confirmar si el edificio tiene salida a la playa. Espero su respuesta.
Respuesta:
Estimada señora:
Soy Lucy, la hija de Ala, no estoy autorizada a revelar la información que me pide, le ruego se dirija al Sr. Banfield que Ud. Mencionó, es el encargado por ahora de la administración. Sólo le puedo decir que el edificio está a dos cuadras de la playa y hay lugar para un gimnasio. Acaban de traer una bicicleta fija y un caminador. Le saluda atte.
Lucy.
Nos enteramos por Banfield que la señora del mail, concretó la compra y va a ser su vecina de pared. Ya no queda ninguno para vender de los que dan a la calle. Están así: en el A, mi mamá, en el B, la señora mayor Yolanda Buenas Noches en el C, Banfield y en el D, su amiga del mail.
El matrimonio que compró dos unidades en el ala oeste, (E y F) está demoliendo la pared medianera, quieren vivir juntos en un espacio más grande. No sé con exactitud cuántos están vendidos, ni conozco a todos los nuevos propietarios, han tratado con Banfield. Sólo veo que hay movimiento de plomeros, albañiles y peones que van y vienen cargando material de construcción y muebles.
En este momento están descargando un piano, ¿vendrá algún concertista? Cuando me vaya los voy a extrañar, les prometí visitarlos a menudo, tal vez me acepten de asistente, van a necesitar una y estoy sin trabajo.
Parece que confían en mi criterio porque en más de una oportunidad tuve que mediar en alguna discusión. Sobre el tema de las mascotas me abstuve porque no me imagino a mamá regalando su gato. Todavía no lo decidieron, será por votación. Parece que van empatando, los representantes de cada postura se están reuniendo en secreto, esperan que se presenten los que todavía no tomaron posesión.
Al piano lo pusieron en el salón. Después del enorme esfuerzo de subirlo por un sistema de roldanas y poleas a la planta alta, la propietaria, que resultó ser una encantadora rubia de grandes ojos azules descubrió que le ocupaba mucho espacio y pidió permiso para ponerlo en el salón. Mejor así, dijo mi mamá, a quién se le ocurre meter un piano tan cerca de los dormitorios.
La escritora del A, (mi mamá) y Banfield del C han estado hablando del reglamento del consorcio, parece que no habían previsto algunas situaciones. El matrimonio que compró las dos unidades se arrepintió después de tirar la pared medianera. En cualquier momento se llamará a reunión
CONTINUARA