Antes del 25 de enero de 1997 Pinamar era un tranquilo jardín de pinos, arena y mar.
Algunas tempestades a lo largo de muchos años no lograron destruir lo que allí crecía,
Y todo indicaba un futuro próspero a pesar de algunas dificultades.
Pero un día, una ráfaga de viento maligno depositó una extraña semilla y el mal germinó en el hermoso y codiciado jardín.
Y hubo quienes desoyendo advertencias lo regaron y abonaron, desafiando los presagios.
Y el mal creció. Y el mal trajo la destrucción por tierra y fuego, iluminando el cielo en una noche negra de enero.
En el paraje se abrió una grieta en llamas, el estruendo silenció a los pájaros y amordazó a los hombres que tuvieron miedo.
La noticia trascendió fronteras y cruzó mares.
La grieta siguió ensanchándose porque de ella emanaban miasmas malolientes y espíritus de confusión.
La mentira creció subterránea cual serpientes anaeróbicas.
Ha pasado el tiempo…años…
El sol sigue brillando, el viento secó las lágrimas. En el hermoso y codiciado jardín, lobos al acecho pastorean a ovejas distraídas, sin memoria.
La grieta es una cicatriz abierta..
Soy el caballo de tiro de un cartonero. Mi dueño no sabe que antes fui como él, (un cartonero).
Sentado en el carro, en busca de cualquier cosa para matar el hambre, levantaba de la calle lo que la gente tira, lo reciclable se paga bien. Mi caballo ( robado a otro infeliz en pago de una deuda) solo servía para tirar del carro.
No me avergüenza decir que más de una vez rescaté algo bueno para comer.
Un día, separando cascotes, encontré alfajores entre los escombros de un derrumbe, milagrosamente enteros, en cajas bien preservadas por el envase plástico y varias docenas de cubiertos finos que vendí muy bien.
El matungo avanzaba resollando, pero siempre había algo más para levantar. Con tanto peso, el socio, retobado, no quería avanzar. Unos buenos latigazos y retomaba el brío. Eso servía, claro que servía, ¿acaso hay otra manera de tratar a un caballo si no obedece?
Se murió en la calle, la gente gritaba: ¡asesino, dale de comer!, de todo me decían… escapé de milagro de ser linchado. No recuerdo ni como llegué a la villa, me mandé dos cartones de vino y caí desmayado.
Cuando desperté estaba atado al poste, me morí y resucité en caballo, pensé.
¿Será mi turno tirar del carro, y recibir los azotes?, ¿qué hice para merecer esto?
Soy un caballo ahora, cómo te explico a vos, mi dueño, que el carro es pesado, las correas me lastiman, duele, tengo calor, no me alcanza la cola para espantar las moscas, tengo sed y no hay agua. Antes, cuando era como vos no lo sabía, o no me importaba.
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Después de entregar los bultos más grandes, a cambio de unos pesos, volvemos a la villa al amanecer.
Mi dueño vive en un rancho de cartón y chapa, pero en el piso tiene alfombras del hotel de acá, cerca de Retiro. Al llegar descarga y guarda lo que no vendió para revisar mañana; me deja con el carro vacío atado al poste de luz y se tira a la catrera reventado. Su vida es triste, como antes la mía, no tiene esperanza, lo sé. Lo peor es que no se da cuenta. Todavía…
Mientras él duerme, desayunado con vino barato, yo, su socio cuadrúpedo sin sueldo, me quedo a la intemperie ( duelen los rayos de sol al mediodía sobre las llagas ) trato de olvidar masticando algunos yuyos secos, lejos del tacho de agua que los pendejos siempre se olvidan de recargar.
Ahora me toca a mí, ¿moriré también en la calle?
Él duerme…no tiene la menor idea.
Those blue green eyes
Had me completely mesmerized.
He mounted the high bars and swung up high,
it took my breath away to see him fly!
I schemed and plotted to get him near,
Hungry for the light that seared.
He was the “All-star” of our school!
So tall, so handsome and Oh! So cool!
A prize to be won at any cost´
I went for him without restraint.
And nine months later paid with pain
The prize was lost…
But I had won -a -baby girl to carry on!
By Renata St. Lawrence
August 30, 1964 in Toronto.
Poema que recibí de una amiga de la infancia actualmente residente en Florida, EUA.
La vida nos reconectó después de más de 50 años gracias a internet.
“Él acababa de convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está enteramente agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento, cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitada de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad” (Macedonio Fernandez)
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A falta de pareja, hijos o mascota para cuidar, él proyecta su necesidad de amor a una planta, al ciruelo Bonsái que cultiva en una pequeña maceta. Si amanece lindo la expone al sol; si llueve suave, también.
Tanta dedicación es premiada; un día amanece cubierta de flores blancas. Emocionado las revisa a diario, si falta una se entristece, pero la ilusión de un posible fruto lo consuela.
Cuando menos lo esperaba, ¡qué disgusto!, se cayeron todas las flores, qué habrá pasado, se pregunta consternado. Con una lupa examina las hojas, el tallo se ve vigoroso y las hojas sanas; lo invade un sentimiento de culpa: no tendrá frutos, la regó demasiado, le faltó agua, enferma no parece, dubita triste.
A los pocos días sucede el milagro, descubre una ciruela del tamaño de un grano de pimienta. La novedad lo obliga a reforzar la dedicación y cuidado de la planta, le habla como a una persona (dicen que es bueno) y le lee cuentos antes de ir a la cama. En el balcón, la rota al sol con frecuencia para que madure parejo, si hay viento la protege con un biombo.
La ciruelita creció al tamaño de una guinda y está a punto de colorear. Pero la vida para él es un corolario de desgracias, el fruto de tanta abnegación se desprende y cae ante su perpleja mirada. El dolor es grande, llora sin consuelo, llora como un niño, con lágrimas de soltero, viejo y maricón.
(De mi participación en el libro “Levantando Vuelo)*
La isla del tesoro no era otra cosa que un promontorio barroso, que emergía de un un terreno bajo, inundado la mayor parte del año. Nuestra isla de fantasía tenía un par de paraísos retorcidos a falta de palmeras. Allí concurríamos diariamente a jugar con Isabel. Nos calzábamos las botas de goma y con los bártulos al hombro chapoteábamos intrépidas nuestro mar del Caribe. Las bolsas contenían juguetes y trapos para extender sobre la tierra húmeda para no ensuciarnos.
Representábamos casi siempre el mismo esquema: una hacía de princesa y la otra de esclava, las disputas por el primer rol eran frecuentes, pero en cuanto entrábamos en la dimensión del juego todo era fantástico y real.
La tarea de la esclava era adornar a la princesa y satisfacer sus caprichos. En nuestro cofre del tesoro teníamos pañuelos de seda, joyas de fantasía recicladas de nuestras madres y, entre otras cosas, un bonito anillo de filigrana con una gran piedra ovalada azul, que era de la madre de Isabel. Mi amiga me contó no sé qué bolazo sobre el origen de ese anillo “de oro con un zafiro azul” que habría pertenecido a una condesa húngara degollada por su amante.
Dejamos de ir a la isla el día en que jugando a “el rey y la reina”, un hombre del vecindario nos pescó besándonos en la boca, imitando a lo aprendido en el cine. La vergüenza ante su risa burlona fue el principio del fin de los juegos para pasar a otra etapa de la niñez.
En cuanto al anillito de la piedra azul, que en un reparto fraudulento quedó en mi poder, me lo robó un desconocido a quien le conté la historia de la condesa degollada mientras, sentados al borde de una zanja, observábamos un campamento de gitanos que había llegado al pueblo
*Textos de Escritores Pinamarenses.
(Carta publicada en la sección Consultorio Judicial de un periódico local)
Señor Abogado, lo consulto porque necesito la devolución de lo mío, he sido defraudada, engañada en mi buena fe por este señor, a quien no voy a nombrar; él ha jugado conmigo, me estafó para quitarme un emprendimiento común de cuatro años, sorteando todo tipo de dificultades, sinsabores y alegrías, marchas y contramarchas, y en el momento de disfrutar lo construido me dejó sin nada ¿y sabe lo peor? ya no tengo ganas de empezar de nuevo, ni de vivir; no busco venganza ni indemnización material, sólo recuperar lo mío lo más pronto posible ¿qué solución pretendo?, le contesto, quiero que ese cretino me devuelva todo lo que me debe: el amor, los besos, mi parte de los abrazos, la felicidad compartida, la dedicación, el desvelo, alguna que otra lágrima, la admiración, los buenos deseos y el apoyo que siempre le di, y lo más importante, quiero que la devolución sea de la misma calidad y cuantía que recibió y usufructuó sin merecerlo, puede ser en cuotas, le doy facilidades.
La casa era una antigua residencia de campo, calefaccionada con leña procedente de la hectárea de monte que poseían en el fondo de la propiedad. Esa tarde, como todos los días María salió con la bolsa de arpillera y un hacha diminuta a trozar ramitas secas para encender el fuego.
Estaba en esa tarea cuando sintió la tierra temblar a sus pies, hubiera pensado en un terremoto si al mismo tiempo el crujido de la madera seca al desgarrarse no la obligara a mirar hacia atrás y arriba: un sauce gigante, centenario, agotada su vida, se estaba por desplomar, corrió para evitar ser aplastada.
En ese mismo instante el marido entraba por la tranquera, distante unos cien metros. Al escuchar el estruendo vio las dos situaciones: el enorme árbol cayendo detrás de la casa y a su mujer salir corriendo del monte con el hacha en la mano. Impresionado le gritó: ¡qué hiciste, bestia, qué hiciste!…
Hola Julio, no me conocés, soy un tal Lucas, tengo veinte años y vivo en Banfield, ¿te suena?
Se me ocurrió escribirte porque necesito un consejo ¿cómo te hiciste escritor?
Estoy leyendo EL LIBRO DE MANUEL , yo también soy un exiliado, me fui de mi casa con las bolas infladas por un bardo con mi viejo, cuando abandoné la facu se volvió loco, me cortó EL DIVERTIMENTO, el feisbuc, el tuiter, los amigos de la previa, todo, ¿me entendés?
No quiero estudiar más, reprobé EL EXÁMEN final, no me salió EL MODELO PARA ARMAR; por ese moco que me mandé perdí LOS PREMIOS prometidos: la moto, la llave del auto de los sábados, todo. El viejo me quería matar, mi vieja lloraba, me fui a la mierda.
Estoy en una CASA TOMADA, conviviendo con un BESTIARIO de cuarta. Los pungas se empastillan con Rivo para tener coraje, ¿entendés? El otro día pasaron la gorra para vino y birra, les mostré mis bolsillos secos y la mochila con algo de ropa y tu libro, les dije, loco, no tengo un mango, me fugué de mi casa.
-Si venís a chorear con nosotros te perdonamos la vida- les dije “ni” y me senté en un rincón a leer, abrazado a la mochila.
Los exiliados de tu libro no la pasaban tan mal, aprendieron un idioma sin estudiar, podían leer noticias de La Argentina en francés, y conocieron un país.
Lo de la Calera se acuerdan mis viejos, cuando pasó eso vivían en Córdoba, eran chicos entonces. Esa historia no me interesa demasiado, no sé por qué le dan tanta manija, yo ni había nacido, pasó hace tanto tiempo…
Me gustó la parte donde Heredia relata los encuentros con las inglesas, me hice el bocho con Diana o Jennifer, aquí no hay ninguna mina, solo estos chabones drogadictos; piojosos deben estar, no hago más que rascarme la cabeza.
Me gusta tu libro, quisiera escribir como vos, ¿me entendés? ¿te parece que puedo aprender?
En mi casa deben estar preocupados, espero unos días, cuando se les pase la bronca se van a ablandar, ahí aprovecho para hacer la mía, entre abrazos, lágrimas y perdones les tiro mi plan.
Ya lo tengo decidido, no quiero ser arquitecto, ¡voy a ser escritor!.
navego el vasto universo
buscando un amor esquivo
y eterno fugitivo.
Turbulencias del alma
eclipsan la luna un momento
y en ese mágico encanto
naufrago sin remedio
en las estrellas de sus ojos
Ogu era feliz, reconocido entre los suyos como el mejor y más valiente cazador, quienes lo seguían no eran defraudados. Como todo mandatario elegido tenía sus privilegios, era un macho Alfa en armonía con las distintas tribus y sus líderes, sin más disputas que la posesión de las hembras y reparto de los manjares de caza en orden y cantidad proporcional al grado de aceptación del líder entre sus favoritos.
Un día escarbando la tierra para tapar sus heces, descubrió una semilla germinada. Después de observarla con curiosidad la reconoció de unas frutas que habían comido poco antes. Estudió la evolución en un germinador dentro de una calabaza, día por día. Cuando comprendió que podía duplicar una planta, gritó “Eureka” ,pero con sonidos guturales que significaban lo mismo. Aprendido el mecanismo sembró una parte y guardó el resto en cáscaras de coco y conchas de caracoles. Fue el primer acopiador de granos y semillas con proyecto cooperativo. Había nacido la agricultura, y con ello los problemas del Homo Sapiens.
Mientras vivían de fruta silvestre y carne de caza, se atiborraban en el momento. No había heladera, todo se consumía en el acto. El drama era cuando volvía la hambruna, solían comer carroña o cualquier porquería, migrando de un lugar a otro como los animales.
El descubrimiento del fuego fue un gran progreso, la carne mejoró el sabor y se mantuvo algunos días, siempre bien escondida de los depredadores.
La huerta colectiva estaba a la vista de los codiciosos, para protegerla de alimañas y otras tribus se armaron con palos y piedras. Así nació el primer sistema de seguridad para custodiar los bienes materiales.
Los alimentos saqueados daban poder al líder de las bandas de malhechores, siempre seguidos de una corte de aduladores que descubrieron otra manera de vivir: cosechar sin haber trabajado. Ese día derribaron la valla de la huerta . Ogu y su tribu, sometidos a trabajar para los intrusos, se convirtieron en esclavos. Fue el inicio de las clases sociales.
El hombre prmitivo aprendió que había varias filosofías de vida y pudo optar. Había nacido el capitalismo con su lado oscuro y la ambición desmedida. También el Homo Ladinus, así como lo conocemos hoy.